El experimento mental que cambió la economía para siempre
A finales de los años setenta, los psicólogos israelíes Daniel Kahneman y Amos Tversky sometieron a sus sujetos de estudio a una serie de apuestas hipotéticas. Una de las más citadas: ¿aceptarías una apuesta con un 50% de probabilidad de ganar 150 euros y un 50% de probabilidad de perder 100 euros? El valor esperado es claramente positivo (+25 euros de media), así que un agente puramente racional debería aceptar siempre. La inmensa mayoría de las personas la rechaza.
Kahneman y Tversky publicaron sus hallazgos en 1979 en 'Prospect Theory: An Analysis of Decision under Risk', uno de los artículos más citados de toda la economía. Su conclusión: el dolor de perder una cantidad de dinero se siente, de media, entre 1,5 y 2,5 veces más intensamente que el placer de ganar esa misma cantidad. Kahneman recibiría el Premio Nobel de Economía en 2002 por este trabajo (Tversky había fallecido en 1996, y el Nobel no se concede a título póstumo).
El efecto disposición: vender ganadores pronto, aguantar perdedores para siempre
La consecuencia práctica más estudiada de la aversión a la pérdida en los mercados se llama 'efecto disposición': la tendencia a vender las inversiones que han subido de precio (para 'asegurar' una ganancia ya psicológicamente aceptada) y a mantener las que han bajado, esperando a que 'vuelvan a lo que pagué', antes de aceptar la pérdida como definitiva.
El economista Terrance Odean analizó en 1998 más de 10.000 cuentas de un bróker minorista estadounidense y encontró que los inversores particulares vendían sus posiciones ganadoras un 50% más a menudo que sus posiciones perdedoras. El problema es que esto es exactamente lo contrario de lo que aconseja cualquier manual de inversión razonable: las acciones que los inversores vendían (las ganadoras) superaban después, de media, a las que mantenían (las perdedoras) en más de un 3% durante el año siguiente.
Un ejemplo real: por qué tanta gente vendió justo en el peor momento de 2008
imagina un inversor cuya cartera cae un 40% durante la crisis financiera de 2008. Racionalmente, si sigue creyendo en sus inversiones a largo plazo, mantenerlas (o incluso comprar más a precio rebajado) sería la decisión razonable. Pero la aversión a la pérdida empuja en la dirección contraria de dos formas simultáneas: primero, el dolor de ver caer la cartera cada día genera una presión emocional insoportable que empuja a vender solo para dejar de sentir esa pérdida; y si en cambio decide aguantar, la misma aversión a la pérdida le hace resistirse después a vender incluso cuando las razones originales para invertir ya no aplican, solo porque vender 'materializaría' oficialmente algo que psicológicamente prefiere seguir posponiendo.
Quien vendió cerca del mínimo de marzo de 2009, como explicamos en nuestra guía de riesgo y volatilidad, convirtió una pérdida temporal (volatilidad) en una pérdida permanente (riesgo materializado) precisamente por esta razón psicológica, no por ningún cálculo racional.
La 'aversión a la pérdida miope': por qué mirar tu cartera a menudo te hace peor inversor
Los economistas Shlomo Benartzi y Richard Thaler demostraron en 1995 un corolario incómodo de este sesgo: cuanto más a menudo revisas el valor de tu cartera, más aversión a la pérdida experimentas, porque una inversión volátil enseña más 'días rojos' cuanto más frecuente es la observación, aunque su rentabilidad a largo plazo no cambie en absoluto.
Bautizaron este fenómeno 'aversión a la pérdida miope' (myopic loss aversion) y calcularon que revisar una cartera de acciones a diario, en lugar de una vez al año, puede hacer que un inversor perciba un activo como mucho más arriesgado de lo que realmente es en su horizonte real de inversión, empujándole a asumir menos riesgo del que le convendría objetivamente a largo plazo.
- Revisar la cartera a diario: máxima exposición emocional a la volatilidad de corto plazo.
- Revisar la cartera una vez al año: la volatilidad de corto plazo casi desaparece de la vista.
- El activo subyacente no cambia; lo que cambia es cuántas veces tu cerebro procesa su volatilidad.
Cómo defenderte de tu propia aversión a la pérdida
No puedes eliminar un sesgo que está integrado en cómo procesa el cerebro humano el riesgo, pero sí puedes diseñar tu sistema financiero para que dependa menos de tu fuerza de voluntad en el peor momento. Automatizar las aportaciones periódicas a tu inversión (en lugar de decidir manualmente cada mes) elimina la decisión emocional del momento de comprar. Revisar tu patrimonio neto con una cadencia razonable, no diaria, reduce la exposición a la 'aversión a la pérdida miope'.
Y quizás lo más útil: definir por escrito, antes de invertir y con la cabeza fría, en qué condiciones objetivas venderías una posición, para no tener que tomar esa decisión en caliente, con el mercado cayendo y la amígdala al mando.
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Preguntas frecuentes
Los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky la describieron formalmente en su Teoría de la Perspectiva (1979). Kahneman recibió el Premio Nobel de Economía en 2002 en parte por este trabajo.
Los estudios de Kahneman y Tversky estimaron que el dolor de una pérdida se siente entre 1,5 y 2,5 veces más intensamente que el placer de una ganancia equivalente, aunque el coeficiente exacto varía según el estudio y el contexto.
Es la tendencia, documentada empíricamente por el economista Terrance Odean, a vender inversiones ganadoras demasiado pronto y mantener inversiones perdedoras demasiado tiempo, justo lo contrario de lo que suele convenir.
Según la investigación de Benartzi y Thaler sobre la 'aversión a la pérdida miope', sí: revisar la cartera con demasiada frecuencia aumenta la percepción de riesgo sin cambiar el riesgo real, lo que puede llevarte a tomar decisiones de inversión más conservadoras de lo que te convendría a largo plazo.
Automatizando tus aportaciones periódicas, revisando tu patrimonio con una cadencia razonable en lugar de a diario, y definiendo por escrito y con la cabeza fría, antes de invertir, en qué condiciones objetivas venderías, para no decidirlo en el peor momento emocional.